Cuando nos despedimos lo abrazé con todas mis fuerzas, para sentir el calor de su cuerpo contra el mío. Estabámos solos al medio del campo de trigo, los tallos me frotaban las piernas haciéndome unas ligeras cosquillas. Él me atrajó aún más hacía si, y al mismo tiempo yo lo apreté hasta que no pude más. Era tan agradable estar allí, los dos, entrelazados. El abrazo duró una eternidad, pero cuando nos separamos me pareció que solo habían estado unos escasos tres segundos. Entonces cada uno se fue por una banda distinta, el hacía el norte, yo siempre hacía el sur.

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