No sentía nada; el ruido del agua chocando violentamente contra las rocas no me dejaba oir nada. Solo escuchaba las gotas de agua salpicando fuertemente. Era fantastico estar allí, con los brazos extendidos, abrazando toda aquella maravilla de la naturaleza. Costaba resistirse al impulso de bañarse junto aquella cascada inmensa. Así que, con shorts y camiseta, apunté la cascada con los dedos, me impulsé hacía arriba, arqueé la espalda y me dejé caer. El agua helada me rodeo por completo, y al salir a la superfície noté que millones de gotas de agua me salpicaban la cara con potencia a la vez.

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