Al fondo entreveía unas montañas, un monte lleno de árboles, una tierra cubierta de hojas. Pero yo solo pisaba asfalto, y parecía que las montañas se alejaban más de mí a medida que yo avanzaba. En aquella carretera no pasaba ningún coche, y el único Seat que pasó ni se digno en pararse al ver la señal de estop que yo le hacía. Iba caminando, con paso ligero. Al final, a lo lejos ví un pequeño pueblo, y heché a correr hacía allí, sin prestar la menor atención en las piedras que se colaban en las bailarinas blancas que llevaba.

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